sábado, julio 17, 2004

Carta a los Discípulos 89

La Vega de Murcia está verde y jubilosa, pero los naranjos del Ashram están mustios.
Las lluvias fueron generosas, pero el mecanismo de extracción de agua del pozo profundo se dañó. Ahora lo están arreglando. Mientras, los jardines beben agua potable y las naranjas esperan, porque el agua potable las elevaría al precio de naranjada en restaurante de lujo. El clima está agradable y la luz brillante. La Hermandad atenta y el Maestro aprovecha para pedir que no le crean nada, pero que procuren darse cuenta pronto de lo que dice para que no se queden en Yamines por el resto de este ciclo de vida. ¿Qué quieren que comentemos esta mañana? De mi parte, se vale que pidan aclaraciones o que corrijan lo que comparto con ustedes. Así me ayudan a mejorar mi conciencia.
 
·        Maestro he oído decir algo sobre la mujer bella, cautivadora y hasta inteligente, pero no he sabido nada sobre la mujer sabia ¿usted la conoce?
·        Si, lo mismo que al hombre sabio, y considero que la mujer sabia es una síntesis de los dos, lo mismo que el hombre sabio, sin que ninguno de los dos pierda sus características de hombre o de mujer.
·        ¿En la realidad experimental o como un ideal?
·        En la realidad. Sin embargo, no hay que olvidar que en la realidad experimental, como usted la llama, todo se comprende por contraste y por comparación, en relación a su contraparte. Cuando hablo de la mujer sabia como una síntesis de lo mejor de lo femenino y de lo masculino, sin perder las cualidades que le son propias en su polo, me refiero a la mujer que manifiesta capacidad de Ser, por encima de los estereotipos femeninos o masculinos, a la iluminada en mayor o menor medida, ya que nada es absoluto en la realidad.
·        ¿Cómo es ella?
·        Tengo que aclarar que, así como dos gotas de agua no son absolutamente iguales aunque sean de agua, la mujer sabia, como persona, puede ser negra, blanca, amarilla o roja, joven o vieja, y por lo general vieja, sin excluir a las jóvenes. Es bella, eso sí, independientemente de su edad. Su belleza no se limita al atractivo sexual y maternal, y también, por lo general, es una mujer que ha sido madre, a pesar de que algunas no lo han sido en este ciclo de vida. Desde luego, es inteligente, pero no enarbola su inteligencia como un estandarte, su inteligencia es profunda, intuitiva, más allá de lo racional que termina en el famoso yo sólo sé que no sé nada, sino que ella misma es una expresión inteligente, suave e inconmovible del plan cósmico de la vida.
·        ¿Es una santa?
·        Si es santa, no de profesión ni por afición, sino por naturaleza, porque es manifestación tangible de lo sagrado, de lo santo, a pesar de que su naturalidad se preste a veces a calificativos comerciales peyorativos por parte de quienes sienten inconsistentes sus posiciones patriarcales y a veces la llaman santa prostituta, como en el caso de María Magdalena y de algunas mujeres que cuidaban los altares de los templos y dominaban artes como el manejo de instrumentos musicales, el canto, la danza y otros dones que son atributos superiores de la Madre Universal en diversas acepciones.
·        ¿O sea, que la mujer sabia lo es en relación a las artes religiosas o místicas?
·        No necesariamente, pero es en esa forma que se le aprecia mejor, porque en otras formas se recela de ella por su capacidad de saber algunos acontecimientos antes de que sucedan, o su poder suave y persistente como el del agua que es capaz de taladrar un roca o de devastar a toda una región y fertilizarla después para renovar la vida, como en el caso de algunos ríos famosos. Una mujer sabia puede ser una ejecutiva empresarial o una jefa de gobierno, aunque su sabiduría tiende a hacerla pasar inadvertida, sin mostrar poderes intimidatorios, pero capaz de usarlos cuando hay necesidad, inspirando a gobernantes, guerreros, artistas y hasta a santos.
·        ¿Usted ha amado a alguna mujer sabia?
·        Amo la sabiduría de algunas mujeres, incluyendo a mi esposa, que creen que no tienen nada de sabias, tal vez porque la verdadera virtud es la que se ignora a sí misma.

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